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¡Injustificable no!

CRUCIFIJO Y LAICIDAD RELIGIOSA

RAFAEL AGUIRRE

Tomado de EL CORREO

«Personalmente -dice el autor- me gustaría que no se reivindicase jamás la presencia de la cruz en espacios públicos como símbolo de una institución o de una creencia que desea hacerse visible y, quizá, imponerse. Pero aspiro -añade- a una laicidad que acepte el valor humano y cultural de lo que la cruz de Jesús históricamente significa»

M ario Onaindía me decía un día que se dio cuenta de que era cristiano durante un viaje a India. Aquello era otra cultura, otra forma de ver la vida y todo envuelto en un halo religioso. Mario, con su extraordinaria capacidad de reflexión y de descubrir lo nuevo, reconocía que su mundo cultural, su forma de ver la vida, la simbología que organizaba su mundo procedían del cristianismo. No era, por supuesto, una confesión de fe, sino el reconocimiento de un hecho cultural indudable y al que, por cierto, no estaba dispuesto a renunciar. Toda cultura tiene normalmente un sustrato religioso. En Occidente las mejores realizaciones artísticas, durante muchos siglos, han sido de inspiración cristiana. El valor del ser humano individual, que no se diluye ni en la especie ni en la tribu, sino que tiene derechos propios e inalienables, tiene sus raíces últimas en el mensaje de Jesús y de Pablo de Tarso. No es ninguna casualidad que la Ilustración -la autonomía del ser humano- surgiese precisamente en el terreno abonado por la herencia cristiana. Un hijo debe mucho a su padre, aunque puedan existir entre ellos relaciones tormentosas y hostiles.

Pero los caminos históricos rara vez son rectilíneos y casi siempre se enfangan, se llenan de maleza o simplemente se tuercen. El triunfo histórico del cristianismo acarreó también la posibilidad de su propia desvirtuación. En efecto, irrumpió como una fe religiosa basada en la convicción personal y vehiculada fundamentalmente por sectores marginados y marginales, que cuestionaban a la religión imperial convertida en convención social y en legitimadora ideológica del poder. Bastante antes de contar con los favores imperiales, el cristianismo, procedente de Oriente, se fusionó, de alguna manera, con la cultura helenística e, incluso, con las formas organizativas de origen romano, creciendo con rapidez y poniendo las bases para convertirse pronto en la religión oficial del Imperio y en la matriz de lo que iba a ser la cultura occidental. Este trasvase cultural de la fe fue un gran logro, pero lleno de peligros. La convención social puede ir sustituyendo a la convicción personal; de fuerza novedosa puede devenir en costumbre conservadora, que en vez de desafiar al poder se alía con él.

Por supuesto, he simplificado el fenómeno, pero vale para entendernos. En el debate sobre el crucifijo en una sociedad laica no voy a mediar con una opinión tajante, sino con una perspectiva histórica que puede abrir perspectivas nuevas. Durante muchos siglos los cristianos ni veneraban ni representaban al crucificado. La cruz era un patíbulo infamante; glorificarlo hubiese significado un desafío al Imperio que eliminó a un subversivo. El primer grabado de la cruz se encuentra en el Palatino romano, en el que a Cristo se le ha puesto la cabeza de un asno, y es una burla a la fe cristiana. Celso, el implacable crítico del siglo II, se mofa de una fe que divinizaba a un crucificado. Los textos cristianos más antiguos están atravesados por el estremecimiento brutal de la cruz, para unos revelación escandalosa de Dios, pero que otros pretendían eludir con la excusa de que fue un acontecimiento aparente, que no afectó a Jesús (gnósticos y docetas). El caso es que no hubo representaciones cristianas de la cruz hasta el siglo V, cuando la Iglesia estaba ya sólidamente asentada, y aún entonces eran unas cruces estilizadas, transformadas en árboles de la vida y, en todo caso, sin reflejar el carácter cruel y escandaloso del patíbulo romano.

Han tenido que pasar muchas cosas para que la cruz, evitada como símbolo religioso por los discípulos más cercanos de Jesús, se reivindique con el paso del tiempo como signo público de lo cristiano. Las reacciones de distinto tipo ante la cruz no proceden de su significado histórico, sino de lo que como símbolo cultural ha ido adquiriendo a lo largo de la historia del cristianismo. Aquí las luces y las sombras se mezclan, y las evocaciones pueden ser muy diferentes. La cruz fue el patíbulo de Jesús, el distintivo de los cruzados, el adorno de los príncipes eclesiásticos; la cruz se yergue sobre el Valle de los Caídos, pero también está humildemente sobre la tumba de Ellacuría y de Monseñor Romero.

Me parece claro que en una sociedad laica y democrática no es propio que en los ámbitos de la Administración pública luzcan símbolos de una fe religiosa. Otra cosa es el espacio público -lugares y tiempos- de nuestra sociedad, donde muchos signos de la tradición cristiana se han convertido también en señas de nuestra identidad cultural. ¿Vamos a dejar de festejar la Navidad? ¿Qué hacemos con tantas fiestas patronales? ¿Suprimimos los cruceros de nuestros caminos? ¿Renovamos a fondo la heráldica y las banderas? Algunos parecen querer trasladar a los espacios públicos el minimalismo decorativo tan de moda. Hay un laicismo ‘anacónico’, sin capacidad simbólica, pobretón emocionalmente, incapaz de conferir una moderada, pero necesaria identidad social, que si elimina las referencias cristianas mucho me temo las acabe encontrando, y no muy tarde, en otras tradiciones también de matriz religiosa.

La escuela debe educar ciudadanos, claro que sí. Lo natural es el tribalismo, los prejuicios y el dogmatismo, y su superación exige una educación que debe ser por todos compartida. Pero la ciudadanía no agota toda la educación moral. Hay todo un espacio prepolítico sobre la fundamentación de los valores, los grandes referentes de vida buena, el sentido mismo de la existencia. Y no estoy hablando de la clase de religión ni de adoctrinamiento de ningún tipo. Pero el minimalismo simbólico, la asepsia moral -no digo la neutralidad ideológica- me parece imposible (puede suceder que ese espacio vacío sea aprovechado para llenarlo con adoctrinamientos patrióticos, como sucede con frecuencia en el país en el que vivo).

Lo dicho puede entenderse como una cauta defensa de la tradición cristiana, cauta porque el problema es cómo entenderla. La reivindicación de la tradición cristiana, sobre todo cuando se hace de forma beligerantemente política como sucede, con frecuencia, en la España de nuestros días, puede ser un pésimo servicio a la fe cristiana; puede dificultar la captación del sentido genuino que la cruz tiene para un creyente. Porque la cruz de Constantino no tiene nada que ver con la del Calvario.

Termino contando una experiencia personal. Un víctima del terrorismo etarra, persona muy conocida, cuyo nombre no puedo dar, a quien profeso un afecto y admiración enorme por su impresionante calidad humana y por su testimonio constante, un día que estábamos hablando me enseñó un pequeño crucifijo que sacó del bolsillo. Me contó que se enteró de la muerte de su familiar muy cercano estando en Madrid y que en esos momentos una serie de gente intentó arroparla y consolarla. Fue entonces cuando un desconocido le entregó el pequeño crucifijo que ahora me enseñaba y del que no se separaba. No sé hasta qué punto es creyente. Tampoco sé por qué lo conservaba con tanto cariño. Sin duda no era por el simple recuerdo del desconocido que se lo regaló. Creo que el inmenso dolor por la muerte de su ser querido, muerte ignominiosa, palpando el silencio cobarde y cómplice de tanta gente, las responsabilidades de quienes no sólo no lo evitaron sino que contribuyeron a crear el caldo de cultivo ideológico para que la barbarie asesina continuase, hizo que captase, diría que por connaturalidad, el sentido histórico y genuino de la cruz de Jesús. No era un acto de fe. Era descubrir en ese pequeño crucifijo la representación de todas las víctimas inocentes, olvidadas casi siempre, pero que claman justicia por todos los siglos. Y esto es lo mejor y más genuino de la tradición cristiana.

La discusión sobre el crucifijo ha vuelto a poner de relieve los viejos traumas que anidan en la sociedad española a la hora de abordar la presencia pública de lo cristiano: la nostalgia de poder, el victimismo, el sectarismo reactivo, las inercias culturales; también, todo hay que decirlo, la voluntad de muchos por superar viejos contenciosos. Personalmente me gustaría que no se reivindicase jamás la presencia de la cruz en espacios públicos como símbolo de una institución o de una creencia que desea hacerse visible y, quizá, imponerse. Pero aspiro a una laicidad que acepte el valor humano y cultural de lo que la cruz de Jesús históricamente significa.

NOTAS de MITXEL

1)      Conozco a Rafael Aguirre desde mis tiempos de “estudiante” de Teología. Un buen profesor, una buena persona y comprometida con la causa de los necesitados. Desde entonces (y han pasado muchos años) no he tenido la oportunidad de hablar con él. Sí que he leído alguno de sus libros y, sobre todo, sus aportaciones en los medios de comunicación.

2)      El escrito que presentamos lo suscribo en su totalidad. Creo que merece la pena leerlo con el apasionamiento apropiado pero sin prejuicios o telarañas demagógicas. Una buena reflexión para estos días de Navidad. Creo que discernir lo que significa “Jesucristo” y su más genuina representación de una Institución o creencia es un esfuerzo que debemos hacer. Ciertamente cada uno puede creer o pensar lo que le venga en gana pero la “libertad de pensamiento” no es garantía ninguna de la objetividad o veracidad del pensar. Si así fuese no habría ningún “suspenso” en los Colegio o Universidades…

3)      Un subrayado: “Me parece claro que en una sociedad laica y democrática no es propio que en los ámbitos de la Administración pública luzcan símbolos de una fe religiosa. Otra cosa es el espacio público -lugares y tiempos- de nuestra sociedad, donde muchos signos de la tradición cristiana se han convertido también en señas de nuestra identidad cultural“.

4)      Un segundo subrayado: “Hay un laicismo ‘anacónico’, sin capacidad simbólica, pobretón emocionalmente, incapaz de conferir una moderada, pero necesaria identidad social, que si elimina las referencias cristianas mucho me temo las acabe encontrando, y no muy tarde, en otras tradiciones también de matriz religiosa“.

5)      Último subrayado: “Personalmente me gustaría que no se reivindicase jamás la presencia de la cruz en espacios públicos como símbolo de una institución o de una creencia que desea hacerse visible y, quizá, imponerse. Pero aspiro a una laicidad que acepte el valor humano y cultural de lo que la cruz de Jesús históricamente significa“.



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