Tomado de ABC
CARLOS HERRERA
ENTRE el deseo y la obtención del mismo siempre ha estado el esfuerzo. Es cierto que en algunas ocasiones han podido mediar el azar, la lotería, la chiripa, la flauta que suena mediante el resoplido de un burro, pero son las menos ocasiones. De nuestros padres aprendimos que desear o soñar era el primer paso de, por lo general, una larga carrera de obstáculos: tardaron años en poder juntar para el seiscientos y sudaron tinta para pagar las letras del televisor que ilustró nuestra infancia. Ellos trabajaron para dejarnos un pequeño capital de enseñanzas y bienestar. ¿Qué hemos estado, en cambio, haciendo nosotros? Una colosal crisis de valores ha llevado a la sociedad a considerar que determinados marcadores de prosperidad podían conseguirse mediante el crédito fácil, rápido, no mediante el trabajo continuo y sacrificado. Así, no pocos matrimonios de edad intermedia han alcanzado un estadio de placidez social en el que no ha contado el calentamiento laboral necesario: el banco nos ha dejado dinero barato y con lo que sobraba de pagar la casa nos podíamos permitir un fin de semana en Nueva York y unas vacaciones invernales en la nieve. Sólo con el poder omnímodo de nuestra nómina. Como las situaciones nadie preveía que podían cambiar -el mundo va bien, todos prosperamos, hay dinero en la calle-, las alegrías presupuestarias hacían santiguarse a aquellos que sudaron sangre para conseguir siquiera vivir de alquiler. Ahora, cuando todo ha estallado, cuando una de las dos nóminas ha desaparecido, nos hemos dado de bruces con la realidad, con el fin del sueño. Nuestro comportamiento ha generado unas deudas que tendrán que pagar nuestros hijos, a los que no les dejaremos lo mismo que recibimos de nuestros mayores.
Pero el catacrak no nos ha acabado de abrir los ojos. Miramos al poder y le culpamos de no haber esgrimido persuasivamente la conciencia que nosotros no hemos tenido, pero el poder también está en crisis y aún es hora de que alguien, desde la poltrona de mando, asuma el discurso duro del esfuerzo. Buscamos la solución en el número de trabajadores, no en el sueldo de cada uno de ellos: ante las dificultades, se permite que las empresas prescindan de la mano de obra, pero no se contempla que reajusten el dinero a repartir. El trabajador entra en el deprimente circuito de los subsidios e intenta con ello ganar tiempo; el empresario se evita negociar duramente una conciliación; el gobierno, por fin, no tiene que trasladar el incómodo mensaje de que hay que trabajar más y cobrar menos por ello. Nuestra deuda colectiva crece, se narcotiza momentáneamente el efecto básico de la crisis… pero no se piensa en un futuro que está a la vuelta de la esquina. ¿Qué pasará cuando se agoten los recursos a repartir?
Otra de las graves crisis de nuestro tiempo, la de liderazgo, se muestra ahora en toda su crudeza. ¿Dónde está el líder capaz de trasladar el mensaje de que hemos vivido engañándonos todos con un sistema de vida en el que la consecución de objetivos no ha dependido estrictamente del esfuerzo colectivo, sino del espejismo de la burbuja crediticia? ¿Hay líderes en el mundo capaces de garantizar tan sólo sudor, lágrimas y recortes? Los mensajes que hasta ahora se están trasladando a la sociedad -quizá con la sola y tímida excepción de Angela Merkel- no evidencian la necesidad imperiosa de renuncia de provechos poco explicables desde el binomio esfuerzo-rendimiento, no comunican con suficiente énfasis que es la hora de las responsabilidades, la individual primero y la colectiva después. Nadie insiste, desde las altas esferas de decisión política, en que esta es la hora de la iniciativa, y pocos parecen entender que este no es tiempo de estirar más el brazo que la manga: no es el momento de crear ministerios propagandísticos, estructuras administrativas absurdas, embajadas de comunidades autónomas en Berlín u obras innecesarias en enclaves poco pertinentes, desde una glorieta a un túnel o un tranvía. Es el momento del trabajo, la imaginación, la anticipación y la prudencia.
Hoy Churchill, sin ir más lejos, no sería elegido líder de ninguna sociedad: daría mal en televisión, su inteligencia dialéctica resultaría excesivamente agria y su mensaje de «blood, sweat and tears» sería considerado poco menos que una traición por las acomodaticias masas mimadas por los estados paternalistas. Hoy resultan electos aquellos que resultan incapaces de establecer una crítica sensata de nuestro modelo de valores. Esas son palabras malditas. Los líderes de este siglo parecen hechos de la misma pasta de aquellos que han creído -hemos creído- que nuestros deseos se verían cumplidos simplemente con desearlos. Lo pagarán nuestros hijos, claro. Nuestros padres, entretanto, nos miran asombrados.
NOTAS de MITXEL
1) ¿Está usted seguro de que medio mundo está inmerso en una crisis económica galopante? ¿De verdad? Sinceramente ¿en qué lo ha notado? ¿Desde cuándo lo ha oído en boca de los srs. Zapatero o Ibarretxe?…. Observo el cielo desde mi ventana. Ayer, sábado, el cielo estaba deslumbrante. No pude salir a dar una vuelta por el monte porque tenía algún trabajo. Lo dejé para hoy. Pero hoy ha amanecido con un cielo plomizo. Me decido a escribir estas notas… ¡esperando con impaciencia que “escampe”. Nada grave si no ocurre. Tras la tormenta saldrá el sol.
2) Aunque no estoy en el mercado político me interesa profundamente la vida de la ciudad (“polis” en griego). Desgraciadamente ésta ha sido engullida por los “partidos” y “sindicatos” que, entre su propia dinámica y el abandonismo de la ciudadanía, se han convertido en detentadores de la soberanía popular. En otras palabras que han sobrepasado las competencias que les corresponden como “representantes del pueblo” para convertirse en emanadores del poder. Si ellos afirman que “no hay crisis”… ¡es que no la hay!…. Cuando, tras una noche de insomnio o borrachera, deciden que “hay indicios pero no peligrosos de crisis!… ¡es que hay indicios!…. Cuando, más que todo para que no les lleven al oftalmólogo, deciden que hay “una crisis motivada por los usitas”… ¡es que hay una crisis mundial!…. ¡Ni el oráculo de Delfos!
3) Cualquier mediano estudiante de Bachillerato ha oído (estudiado es un asunto muy diferente) la dinámica de los “ciclos económicos”. Cualquier analista político sabe de la trascendencia de este hecho para la vida política y el acceso al poder de uno u otro partido político. Sabiendo esto ¿cómo se ha gestionado el último periodo positivo? ¿cómo lo han gestionado el Gobierno español y el vasco?… Con una miopía y soberbia digna de aquellos que intentaron construir la “torre de Babel”. ¡Bien vendría hacer una relectura del citado pasaje! ¡Seguro que a muchos, en su ceguera antirreligiosa, ni les suena! ¡Ah, la cultura ¡qué hacemos por adquirirla!
4) El caso es que nos vendieron, con una alegría “que te cagas”, que la “sociedad del bienestar” estaba a punto de llegar de la mano, lógicamente, de cuatro medidas que el gobierno tenía ya diseñadas. ¡Qué digo “estado de bienestar”…”Paraíso terrenal!…. Y, cual “árbol de la ciencia paradisíaco” se convirtió en el centro de la preocupación humana. “Seréis como dioses y, éstos, no se preocupan sino del disfrute”. Y, en esta tesitura, para qué levantar los ojos al cielo; para qué reflexionar en nuestra condición limitada; para qué fomentar valores como el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio…. Nada de ello es necesario en un “paraíso en el que los ríos arrastran leche y miel; en el que existen huríes o efebos a disposición de quien los desee…”. Sólo es necesario, como bien dice don Carlos, tener una nómina.
5) No seré yo quien no aspire a vivir en un “paraíso”. El Dios en el que creo me estimula a trabajar en su construcción; en parte es lo que da sentido a mi vida. Es mi responsabilidad o irresponsabilidad. Y, si no queremos deambular como Adán y Eva, debiéramos reflexionar acerca de nuestra responsabilidad en el desastre que se nos viene encima. El “seguidismo” que hemos hecho de nuestros políticos, la “creencia” en el seréis como dioses, el abandono de “valores tradicionales”, el vivir por encima de nuestras posibilidades, el pensar que los “bancos” están al servicio de nuestros caprichos, el poner nuestras esperanzas en los “ídolos de la muerte”, el no mirar con ojos limpios al cielo, … ¡nuestras responsabilidades!
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