Tomado de ABC
No acabo de comprender por qué los desfiles de drag queens subidas en zapatos de plataforma más altos aún de los de la Princesa Letizia, hombres en tanga, mujeres con los pechos al aire y carrozas y personas adornadas con plumas por todas partes han de servir para que la gente acepte que los homosexuales tienen los mismos derechos que todos los demás ciudadanos, pero allá con las asociaciones que organizan las celebraciones del día del orgullo gay; respeto los gustos de cada cual y considero que la calle es de todos, aunque ciertamente me molesta que los ayuntamientos se gasten el dinero de mis impuestos en subvencionar estos y otros muchos fastos.
Tampoco comprendo por qué vivo rodeada de pacatos que piensan lo que acabo de expresar pero no se atreven a decirlo, no vaya a ser que se les acuse de homofobia, uno de los pecados más políticamente incorrectos de la sociedad actual. Como antes se tachaba de machistas a quienes cuestionaban los eslóganes de las feministas más radicales, lo que impedía a mucha gente expresar sus razonables opiniones sobre los métodos empleados por algunas mujeres para reivindicar su igualdad.
Somos muchas las mujeres como yo que hoy nos sentimos orgullosas de haber conseguido esta igualdad a base de trabajar codo a codo con los hombres y haber dado a nuestros hijos e hijas la misma educación e iguales oportunidades sin tiempo ni ganas de convertir nuestras reivindicaciones en ruidosos desfiles callejeros. Me pregunto por qué homosexuales y lesbianas aún no han llegado al punto de comprender que el orgullo de pertenecer a un determinado colectivo no tiene nada que ver con exhibirse en lo alto de una carroza.
NOTAS de MITXEL
1) Media docena de afirmaciones que conviene repetir de vez en cuando no tanto para no entrar en la “banda de pacatos”, a la que muy acertadamente hace referencia la firmante, cuanto porque son verdades como puños. Partiremos de la que entiendo es fundamental que no es otra que el respeto hacia las tendencias sexuales de cada sujeto y la no discriminación social por razón de estas tendencias. Discernir si determinadas normas o leyes son discriminatorias es cuestión diferente. La igualdad, en principio, poco tiene que ver con el igualitarismo.
2) Cada uno es muy dueño de hacer el ridículo como quiera, donde quiera y con quiera. El esperpento existe desde hace tiempo (Valle Inclán) y se caracteriza por la deformación grotesca de la realidad. En este sentido concederé que la mayoría de los asistentes a este denominado “día del orgullo gay” practican el género con una chabacanería más digna del tonto del pueblo que de quienes defienden una causa que merece la pena. Sólo nos hace falta volver a los DNI donde se incluya la tendencia sexual o que, quienes así lo sientan, deban llevar algún signo de ello.
3) Estoy hasta las narices de estos espectáculos circenses que no pagan impuestos y que, además, reciben subvenciones del erario público. Hasta las narices de la globalización de un asunto que afecta a una minoría y que entiendo corresponde a la esfera íntima de la persona. Hasta las narices de que, en medio del jolgorio se realicen declaraciones de todo tipo más propias de un galápago que de un ser humano. Hasta las narices de los “lobbies” de todo tipo que, una vez al año, ocupan nuestras calles más preocupados de la “prensa” que del colectivo o de las situaciones discriminatorias que puedan darse. Hasta las narices de que, para “concienciar a la mayoría de la población” haya que salir a la calle, como dice el texto, en tanga y con los pechos al aire. Hasta las narices de que, para demostrar lo que parece ser evidente, haya que ir por las calles metiéndose mano a plena luz del día y por el centro de la ciudad. Falta poner la cama.
4) Es innegable que los derechos de estos colectivos no son reconocidos en muchos países o están bajo mínimos. Con este tipo de espectáculos, a mi modo de ver, sólo consiguen el efecto contrario. ¿Qué legislador medianamente sensato puede modificar una ley en favor de esta causa? Me consta que muchas personas (participantes y no participantes en el espectáculo) se sienten abochornadas por ello. Se sienten presas de los “listos del corralito”. Se sienten “piezas de ajedrez” de un tablero que sólo se saca una vez al año. Se sienten con inmensas ganas de encerrarse con siete candados en el “armario de la sensatez”.
5) Bien es cierto que, cuando nuestra educación roza la incompetencia absoluta, no podemos pedir que este tipo de cosas discurra por otros derroteros. En este sentido, se impone la lógica y día llegará en el que será obligatorio asistir al desfile vestido de lagarterana o de mandrágora en función de la estupidez progresiva del convocante. Tendremos que coincidir con una de las “leyes de Peter” que afirma que “todo aquello que puede hacerse peor, tarde o temprano se hace”. Me parece excelente que para concienciar a la ciudadanía de un problema se salga a la calle. Sin embargo, en mi opinión, los espectáculos circenses deben ubicarse en recintos adecuados, con entrada limitada y pagando los correspondientes impuestos. Lo dicho: ¡hasta las narices!
02 - 03 - 2010 |
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